29 abr. 2014

Otra excelente cobertura de Asel, en esta oportunidad en la fiesta que brindo Gatillazo.
Una semanita preparándonos para la fecha, repasando discografías; la de Gatillazo, sin duda, pero también la de Aeropajitas y la de Loquero. Entrando en ambiente, que se dice. Era la segunda vez que iba a ver a mis coterráneos desde que me viniera a Buenos Aires, aunque Evaristo sea sin duda la persona que más veces a disfrutado sobre un escenario, no en vano fue su Salve, con 12-13 tiernos añitos, el álbum que me terminó de partir la cabeza y me metió definitivamente en eso del punk, después de que el Cuando se come aquí de Siniestro Total comenzara a abrir brecha. Recuerdos y vivencias amontonados de una personalidad que, con casi 54 tacos a la espalda y 33 escribiendo las mejores páginas del punk en castellano -y alguna que otra en euskera y galego-, no sólo no decae, sino que parece amontonar rabia, ironía y genialidad disco tras disco. Si bien pudiera pensarse que con La Polla ya había hecho y dicho todo lo que hacía falta, lo cierto es que Gatillazo nos sorprende cada año con un disco mejor que el anterior, y los dos últimos, Sangre y mierda y Siglo XXI, merecen por sí mismos un lugar de honor en cualquier colección punk que se precie. Muchas veces comentamos entre amistades que agarrar la discografía entera de Evaristo, cada una de sus letras, y juntar todas esas palabras en un libro conformaría uno de los más completos volúmenes de filosofía política, de esas que te escupen con ácido las verdades desnudas de esta dictadura total que vivimos bajo el nombre de democracia. No es extraño que para no pocs adolescentes La Polla haya sido la puerta de entrada al anarquismo.
Al concierto, en el duro barrio de Pompeya, llegábamos algo tarde, en parte por la imprevisible frecuencia de los bondis porteños -112, te odio desde que te conocí!-, en parte por tomar unas cervezas a un precio algo más humano que el que acostumbran a clavar dentro de estos locales ($50 el litro de algo tan malo como Quilmes!). Así que, tras un mal cálculo, entramos cuando ya Loquero agitaba en el escenario, después de perdernos un Agente Feldon del que leo por ahí que mereció la pena, y mucho, para escuchar los tres últimos temas de esta histórica banda que nunca había visto en vivo. Me jodió mucho, la verdad, y me quedé sin la mayoría de mis temas favoritos. Y me jodió aún más la pésima sonorización. No sé si es la acústica del Salón Rock Sur, o responsabilidad del sonidista de turno, pero lo cierto es que mataron la tan peculiar voz de Chary, los agudos en general no se escuchaban una mierda, y todo retumbaba mal, parecían más los ecos que se escuchan cuando uno se acerca a varias cuadras de un recital al aire libre o desde el baño. Eso, en una sala supuestamente preparada para que el rock resuene hasta el último rincón. Otro tanto sucedió con Aeropajitas. El comentario era generalizado: el sonido estaba matando el concierto. La banda de Perú quedó seriamente desdibujada por ese mal sonido, que mejoró sólo para las últimas cinco o seis canciones. Ahí se comenzó a escuchar -y entender- mejor la voz de Macha y también algo mejor las guitarras. Todo parecía indicar que los sonidistas utilizaban a las primeras bandas para experimentar y que la estrella, Gatillazo, sonara en su punto, algo no muy equitativo, que digamos, si realmente se hubiera tratado de eso -luego, como comentaré, nos dio la sensación de que no se trataba de eso-. En el descanso buscamos ubicación más tranquila y, tras una espera que se hacía larga, por fin apareció en escena el monstruo del escenario. Me llamó la atención la presencia de la ikurriña -bandera vasca- y la bandera por el acercamiento de los presos vascos a Euskal Herria. La segunda me pareció más normal, pero sospecho que la ikurriña sólo viaja con la banda cuando salen de tierras vascas -aunque a pesar de todo siga existiendo demasiado mal informado que no se cansa de llamarla “banda española”-, ya que no es Evaristo muy amigo de patrioterismos. En estos contextos latinoamericanos, sin duda, me parece correcto. Pero la cosa iba más allá.
A Evaristo uno puede esperar verlo con las vestimentas más insospechadas, dudo que haya algo más punk que salir a un escenario como el del Bilboko Gaztetxea -mítica okupa de Bilbao de los 80, que tuvo que sufrir, además del desalojo, la más rastrera difamación de la prensa burguesa vasca, lugar donde se grabara el no menos mítico album de MCD Bilboko Gaztetxean-, salir, digo, con la camiseta de uno de esos trasnochados pijamas de rombos marrones a dos tonos, feos donde los haya. No creo que mi recuerdo sea fruto de los excesos etílicos, estoy seguro de que mi mente adolescente de aquellos años registró correctamente esa imagen de Evaristo vestido de aquella guisa; quizá algún día pueda hablar con él para que me lo confirme. En esta ocasión, sin embargo, la vestimenta volvía a acentuar la identidad del vasco-gallego: al más puro estilo aizkolari -cortador de troncos-, con una camiseta blanca y pantalón oscuro, txapela -boina- en la cabeza... llevaba en los pies abarkas!! Un punk en el siglo XXI con un calzado rústico de hace mil años!! Sencillamente genial.
El bombardeo que vino después no desmereció la puesta en escena. Los temas más contundentes de Gatillazo me iban haciendo olvidar que mi cámara de fotos había volado -pensábamos que alguien en la zona tenía una prodigiosa mano larga-. Entre mazazos de esos que ponen los pelos de punta, como “Sangre y mierda”, “Esclavos del siglo XXI”, “Los chicos están bailando”, “Guerra social”, “N° 1 en USA”, “Vendido” y tantos otros, sonaron, como no podía ser menos, clásicos de La Polla. Tal vez no tantos como mucha gente hubiera deseado, cuatro en total: “Lucky man”, “Johnny”, el infaltable “Txus”, con una variación de esas geniales que sólo a Evaristo se le ocurren, y “Odio a los partidos”, con una cariñosa referencia a la máxima mandataria argentina, en una de sus clásicas joticas, que rezaba así: "¿Qué estás haciendo Cristina? ¡Mala perra miserable! Dices querer a Argentinaaa... mientras le chupas la sangreee”. No sé si cuatro son pocos, seguro que sí, pero también es verdad que Gatillazo tiene ya una producción propia en la que ya se empieza a hacer difícil dejar temas fuera de la lista. Claro que todes estaríamos encantades de disfrutar de un concierto de cinco horas donde no faltara ninguno de nuestros himnos favoritos, pero un concierto da para lo que da...
A todo ello hay que añadir, junto a los tremendos músicos que conforman la banda, la actitud de Evaristo, que no cambia con los años, y se agradece. Así, lejos de posturas de estrellitas, no se cansaba de estirarse para dar la mano a quien se la alargara, de dejarse abrazar y besar por quienes a cada rato invadían el escenario, o de dejar mal, como tantas veces, al segurata de turno, rescatando al espontáneo del momento de esos “amigables” brazos para abrazarse a él y cederle el micrófono para que se explayara. Entre esos espontáneos se sumó Topo, de Aeropajitas, para acompañar al Flipas en el “Esclavos del siglo XXI”. Todo ello, con esa teatralidad y esa vitalidad y fuerza que contrastaban con el cuerpo que exhibía jodón. Yo quiero llegar así a los 54! Ahora, no sé si me hubiera acercado a la boca como toda esa tropa espontánea un micrófono que a cada rato se escondía entre los huevos del cantante.

El concierto, sin embargo, tuvo que terminarse a falta de un par de temas, y es que, la efusividad de un público que no paraba de poguear termino por tumbar parte de la valla de seguridad y el cardiaco segurata tuvo que rogar por activa y por pasiva para que la banda cortara antes de tiempo. No sé si con ese cierre precipitado Evas se iría muy contento...
La manada, sin embargo, se retiraba satisfecha a festejar con pizza y cerveza, más aún después de que, sorpresivamente, mi cámara de fotos reapareciera superviviente tres mesas más allá, seguramente pateada por alguien después de caerse de mi bolsillo.
Única nota negra de la noche, no me canso de subrayarlo, el sonido; y es que finalmente tampoco Gatillazo sonó de lujo y a Evaristo a duras penas se le entendían esas perlas que acostumbra a regalarnos entre canción y canción -como su alusión a los cánticos futboleros que suelen acompañar en Argentina a todos los conciertos, no muy del gusto del Flipas, como ya hizo notar también en 2012 en el Malvinas Argentinas-.
Gracias, monstruo, se te espera de vuelta pronto!

GATILLAZO - Odio los partidos

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