El 13 de febrero de este
año llegó para saldar una deuda que se había resistido obstinadamente durante
23 años. Era en el lejano 1991 cuando un compañero de universidad me pasaba un
casete pirata, sin nada escrito, de una banda que hasta entonces me resultaba
inexplicablemente desconocida: Bad Religion. Son de estos tesoros que caen
inesperadamente en nuestras manos para descubrirnos una nueva realidad sobre la
música y el movimiento que llevaba partiéndonos la cabeza desde que el “Salve”
de La Polla viera la luz, es decir, el punk. Para entonces Bad Religion llevaba
agitando y creando un sello sonoro propio 12 años, casi el doble que nosotros
llevando botas militares y los pelos en punta. Tardé tal vez 10 años más en
conocer el nombre de aquel vertiginoso álbum y de sus canciones. Se trataba de
“Against the grain”, convertido durante muchos años en uno de mis álbumes sin
título favoritos. Con el amigo que me donó aquella maravilla y con dos más
teníamos la sana intención de crear una banda en la que yo cantaría. El único
escollo era que ninguno sabía tocar nada, ni teníamos instrumentos, ni fuentes
con las que comprárnoslos, ni falta de escrúpulos para robarlos, así que no
pasó de una de tantas buenas intenciones, pero en aquel momento la
impresionante modulación de Greg Graffin, totalmente distinta a todo el punk
que escuchábamos, se convirtió para mí en una mezcla de placer y martirio,
porque mi amigo pretendía que, de cantar, lo hiciera como él. No sé si también
esperaba que alguno de nosotros tocara la guitarra como Joe Satriani, el bajo
como Matt Freeman y la batería como Nicko McBrain, pero a mí me caía esa misión
imposible.
La
cosa es que, pasaron los años, y nunca logré tener la oportunidad de ver a esa
banda en vivo..., hasta el pasado 13 de febrero. Buenos Aires da al punkrocker
bastantes más oportunidades internacionales que mi Bilbao natal, y no se pueden
dejar pasar.
Llegados
al miniestadio, sin entrada anticipada, el trío espedicionario que formábamos
estuvo a punto de romper a llorar cuando en la taquilla nos dijeron que las
entradas estaban a $500. ¿Nos estaban jodiendo? La cosa es que Bad Religion,
por el motivo que sea, no parece despertar en Buenos Aires las pasiones de
otras bandas que en otros lugares del mundo pasan más desapercibidas, como Die
Toten Hosen, por ejemplo, y ante la perspectiva de una afluencia no demasiado
masiva la organización no habilitó la platea. Por suerte, otra cosa que ofrecen
estas tierras es la organización paralela o, si se prefiere, el lumpenage
organizado. Efectivamente, siguiendo las indicaciones de uno de los
organizadores oficiales, llegamos a conseguir los últimos pases que la barra
brava local ofrecía extraoficialmente a $300. La única pena, que al pasar sin
entrada uno se queda sin esa pieza de fetichismo coleccionable.
Una
vez en el miniestadio, habiendo perdido un tiempo que nos privó de la actuación
de Cadena Perpetua, salvo sus dos últimos temas -personalmente, la forma de
cantar tan popera no me hizo sentir que me hubiera perdido algo por lo que
lamentarme-, conseguimos una estupenda ubicación para disfrutar del espectáculo
sin perder detalle y nos preparamos para dejarnos arrastrar por la locomotora
atea.
Lo que se vino no desmereció las expectativas. Puede ser que Greg Graffin este canoso, haya echado tripa y vaya a cumplir este año 60 palos, lo que a un simple esclavo del salario le tendría contando ansioso los últimos años antes de su jubilación, pero este loco demostró no haber perdido ni voz, ni energía, ni carisma sobre el escenario, combinando humor con política, inglés con un rudimentario pero simpático castellano.
En el saldo negativo, podríamos decir que supo a poco, que se hizo corto -no creo que llegó a las 2 horas y creo que a nadie le hubiera importado seguir allí 2 más-, que el cierre tal vez no fue la mejor elección -no recuerdo que tema fue, pero en lugar de dejarnos arriba fue uno de los temas más lentos acabado con unas guitarras blueseras, tal vez para que aflojáramos la tensión acumulada-, y que la sonorización fue muy mejorable: la voz de Greg sonaba como un cañón, pero los coros se oían poco, y en Bad Religion son básicos; la guitarra solista, si bien merecía escucharse para callar la boca a quienes piensan que al punk se dedican quienes no saben tocar, la subían demasiado en los punteos y tapaba todo lo demás; y el bajo, se disfrutaba más visualmente, tratando de seguir la locura de los dedos de Jay Bentley, que de oído, porque no se escuchaba prácticamente nada, privándonos de uno de los elementos más importantes de la banda, sobre todo para quienes intentamos a duras penas mantener los ritmos en las cuatro cuerdas. Al menos, la batería, una masa, no la podían enmudecer.
Lo que se vino no desmereció las expectativas. Puede ser que Greg Graffin este canoso, haya echado tripa y vaya a cumplir este año 60 palos, lo que a un simple esclavo del salario le tendría contando ansioso los últimos años antes de su jubilación, pero este loco demostró no haber perdido ni voz, ni energía, ni carisma sobre el escenario, combinando humor con política, inglés con un rudimentario pero simpático castellano.
Después
de 35 años disparando consignas y melodías hardcore, con 15 LPs a las espaldas,
supongo que tiene que ser difícil armar una lista en la que uno no sienta que
falte algún tema indispensable. A mí, personalmente, aunque mantuve la
esperanza hasta el último acorde, me faltaron mis dos favoritos, aquellos por
los que suspiraba, confiado en que por fin escucharía al menos uno de ellos
directamente sobre el escenario. Pero no fue así: ni “Turn on the light” ni
“Anesthesia” sonaron esta vez. Aún así, lo que se escuchó no desmereció en
absoluto, y con temas como “Modern man”, “New America”, “I love my computer”,
“Struck a nerve”, “21st century (digital boy)”, o “American Jesus” en la última
tanda, y otras muchas joyas que me dejo en el tintero, uno podía sentirse más
que satisfecho.
Lo
vimos desde cierta distancia, así que no participamos de los enormes pogos que
se armaron a pie de escenario, cambiando la adrenalina de la línea del frente
por la degustación estilo gourmet sin cabezas por medio, atentos a cada detalle
y emocionándonos con los coros más emblemáticos.
Un concierto brillante y vibrante, antológico, como
para pensar que la espera de 23 años había merecido la pena por vivir aquello.
Un compañero comentaba a la salida que era el mejor concierto que les había
escuchado de todos los que habían dado en Argentina. No puedo confirmar tal
juicio, pero puedo asegurar que fue brutal.En el saldo negativo, podríamos decir que supo a poco, que se hizo corto -no creo que llegó a las 2 horas y creo que a nadie le hubiera importado seguir allí 2 más-, que el cierre tal vez no fue la mejor elección -no recuerdo que tema fue, pero en lugar de dejarnos arriba fue uno de los temas más lentos acabado con unas guitarras blueseras, tal vez para que aflojáramos la tensión acumulada-, y que la sonorización fue muy mejorable: la voz de Greg sonaba como un cañón, pero los coros se oían poco, y en Bad Religion son básicos; la guitarra solista, si bien merecía escucharse para callar la boca a quienes piensan que al punk se dedican quienes no saben tocar, la subían demasiado en los punteos y tapaba todo lo demás; y el bajo, se disfrutaba más visualmente, tratando de seguir la locura de los dedos de Jay Bentley, que de oído, porque no se escuchaba prácticamente nada, privándonos de uno de los elementos más importantes de la banda, sobre todo para quienes intentamos a duras penas mantener los ritmos en las cuatro cuerdas. Al menos, la batería, una masa, no la podían enmudecer.
Espero
no tener que esperar 23 años más para verlos de nuevo...
Cobertura - Asel
Fotos - Vanesa
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